Mundos Paralelos

Leyendas de Altaria. Prólogo I.

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Leyendas de Altaria. Prólogo I.

Mensaje por Ahyol el Mar Jun 05, 2012 4:20 pm

Prólogo I
Lord Aren cabalgara sin rumbo alguno. Sin estrellas que le guiasen ni cielos que perseguir. Un hombre que no espera encontrar nada. Un hombre abandonado por la suerte. Un hombre de los dioses.

Los caminos de los dioses siempre han sido inciertos. Justos, temibles, siempre cambian. Y sus héroes siempre cambian también. El caballero no aguataba ya el calor del Valle Ostazan. Unos pocos árboles bajos y pocos ríos caracterizaban Ostazan. Cielos siempre despejados y pocos poblados. Era casi un desierto. Y nuestro caballero moría allí.

Encontró lo que pareció ser un pequeño lago... un oasis... un milagro. Se bajó de su caballo también moribundo y se lanzó al agua sin siquiera quitarse la poca ropa que llevaba en sí. Simplemente lanzó su espada al suelo y corrió al agua. Estaba fría, sorprendentemente. Bebió como jamás había bebido, pues su lengua no había tocado más que saliva por casi 3 días y ya de esta casi ni quedaba. Y murió. Quedó flotando en las aguas.

Primavera en tiempos inciertos. Así le llamaba la mayoría de los habitantes de Iheren. Era una ciudad pequeña a la sombra de otra más grande llamada Heiran. Las ciudades gemelas.

Torad llegó temprano a casa. Era sofocante estar en la fragua todo el día, por lo que ahora hacía turnos más cortos. Pero por suerte en Iheren no había muchos herreros, por lo que siempre tenía algo de trabajo para un guardia descuidado o un aventurero que pasase por allí.

-He traído la comida.- Dijo el robusto hombre con su voz grave y poderosa, al abrir la puerta de su hogar. Su gran tamaño, su larga barba negra y largo cabello lo hacían ver como un oso frente a las otras personas, incluso debía agacharse para pasar por la puerta. Al entrar encontró la chimenea apagada, sin brasas si quiera, pues ahora se mantenía apagada todo el día. Al entrar en la casa, se encontró con su hija, Selia, con quien casi tropieza.

Torad hechó una mirada en la casa primero. Era una casa pequeña. Solo contaba con una habiación y una sala, donde estaba la cocina y las camas.

-Hola papi!!.-
Dijo con muchisimo ánimo la pequeña niña, mientras con una mano sujetaba su pequeño vestido azul. Su cabello castaño y corto la hacía ver como una niña muy inocente, a pesar de su curioso gusto por los sarcasmos y las bromas. La pequeña abrazó la pierna de su padre. Torad casi tropieza con su hija, peor recuperó el equilibrio. Entraron y se sentaron a ordenar los bíberes.

-Bueno hija, ¿que has hecho hoy?.- Preguntó el hombre mientras colocaba las cosas en repisas y estantes.

-Nada. Mamá aún no vuelve. He salido a jugar un rato con Lloyd, pero no me cae muy bien. Es un poco aburrido.- Dijo la niña mientras tomaba una gran cabalaza más grande que su cabeza. La pequeña de no más de 10 años dejó caer la calabaza al suelo, rompiendose esta. Sus ojos comenzaron a aguarse. El padre de la niña dejó las cosas y le acarició la cabellera, haciendole saber que todo estaba bien. Con una lágrima corriendo, la chica sonrió.

Siguienron así por un rato. Ordenando cosas. La pequeña barría los restos de la calabaza. Se miraban de vez en cuando.

De pronto golpearon la puerta fuertemente. Torad se levantó muy extrañado. Abrió la puerta solo para encontrarse con su primo, Gerald, Sujetandose el brazo derecho, muy ensangrentado. Tenía un trozo de flecha incrustado en él.

-Torad!!! Toma a Selia y larguense de aqui!! Lord Aren ha fallecido!!!.- Dijo el hombre apoyandose contra el marco de la puerta. Torad le tomó su hombro izquierdo para que se calmara.

-¿Qué? ¿Muerto? ¿Dónde? Maldita sea habla de una vez!!.- La pequeña se asustó al escuchar la fuerte voz de su padre. El joven primo de Torad intentó recuperar un poco el aliento antes de vlver a hablar. Estaba sucio y sudado.

-Han encontrado a Lord Aren en Ostazan. Le encontraron en un montón de lodo. S caballo estaba junto a él. No han encontrado el collar.-
Dijo el joven, que se puso a jadear luego de hablar. Pero respiró fuertemente y siguió hablando. -Deben salir de aqui. Ya se han tomado Heiran. Lord Lisen ha quedado al mando de las ciudades gemelas.- Dijo el hombre muy apresurado.

-Mierda!! Selia... cariño, toma tu caja de tesoros y llevatela. No iremos de viaje.- Le dijo con el tono más calmado que pudo, pero la niña notaba su preocupación.

-¿Adonde vamos papá?.-
Preguntó con miedo la niña... comenzó a llorar.

-Nos iremos con mamá. Ahora corre hija.-
El hombre fue a la cocina y tomó los bíberes que tenía más cerca. Pan, algo de mantequilla y queso, un poco de cecina y unas manzanas. Llenó un par de odres con agua y fue hasta un enorme mueble que la habitación de junto. Encima de este había una bolsa gorda y tintineante, que se la amarró al cinto, pero no sin antes, sacar una llave de esta. Con la llave abrió el closety se puso una armadura, vieja pero muy bien cuidada.

El hombre fue a hablar con su primo mientras la niña buscaba bajo su cama una pequeña cajita. No la abrió, simplemente la tomó y la dejó sobre la cama. Tomó un pequeño saco de tela rosada que tenía guardado en un cajón y guardó un poco de ropa. Las lágrimas le corrían por su rostro, ahora con las mejillas muy rojas. Miró sorprendida a su padre... jamás le había visto ese traje.

Se comenzaron a escuchar gritos de mujeres y los últimos suspiros de los hombres. Se escuchaban los caballos venir desde lo lejos... muchos de ellos. Gerald miró hacia atrás, como si esperara ver algo... casi sintió alivio al ver que no venía nada... casi.

-Torad para hoy por Levan!!!.-
El joven entró a la casa e intentó ayudar al hombre con los bíberes a pesar del dolor de su brazo. Una vez todo estuvo terminado, salieron de la casa, dejando todo atrás.

Ambos hombres corrieron con la niña hasta los establos, donde por suerte aún estaba la yegua de Torad. Miraron hacia atrás y vieron que un par de casas comenzaban a prender fuego. El hombre miró a su primo y tocó su hombro... solo para que este se fuese corriendo, hasta el pueblo, desarmado. Torad subió a su hija a la vieja yegua y amarró la bolsa con dinero y comida al morral del costado. Allí también colocó una carta.

-Hija, ¿recuerdas cómo te enseñe a cabalgar?.- Dijo el hombre, colocando su frente contra la de su hija una vez esta estaba sobre el anciano animal. El hombre jadeaba y miraba hacia atrás de vez en cuando. Sentía las lágrimas de su hija.

-Si papá...-
Logró decir la pequeña entre sollozos. Su padre le entregó las riendas y esta las apretó fuertemente.

-Entonces quiero que vayas Zalastar y le entregues esa carta al tío Enric... Por favor, hazlo por mi, eres una chica inteligente, sé que lo harás bien. Te amo más que al cielo hija.-
El hombre también lloró. Su hija jamás lo había visto llorar. Era la primera vez que lo hacía. La pequeña sollozó fuertemente y meneaba la cabeza... a pesar de su corta edad... entendía... jamás volvería a ver a su padre. El hombre le dio un beso en la frente, se aseguró de que tuviese las riendas firmes y golpeó el trasero de la yegua, saliendo esta galopando. La chica no pudo hacer más que cabalgar. No miró atrás. Jamás volvió a ver a su padre.

Mientras Torad veía a su hija alejarse, escuchó los gritos de la gente del pueblo. Fue hasta la forja y tomó el martillo más grande y pesado, especialmente preparado para la ocasión. Se puso frente a su casa. Tenía el arma y la armadura... y vió como los soldados del pueblo retrocedían. Muchos se colocaron junto a él. Otros salieron corriendo.

Sabía perfectamente que este día era cuestión de tiempo. Sabían cómo enfrentarlo y sabían como terminaría. Los soldados de Lord Lisen se acercaron corriendo.

-DIOSES!!! MIREN ESTO!!! ¡¿NO ES ESTO LO QUE LES GUSTA MALDITOS BASTARDOS?!.-

Torad golpeó fuertemente al primero hombre que se le cruzó. Su cara fue totalmente deformada de un solo martillazo del gran hombre. Otro se acercó y le intentó cortar la pierna a Torad, pero este lo pateó antes de que pudiese acercarse y lo aplastó con su martillo. Se acercó al siguiente soldado que vió y cuando este intentó escapar, el gran oso lo golpeó fuertemente, haciendo que su yelmo sonase cual campana de iglesia. Lo aplastó completamente. De pronto, una flecha se incristó en su pecho. Luego otra... otra... y otra. Ya no podía sujetar su martillo... todo se volvió borroso. Una espada lo atravezó... Se arrodilló... y miró al cielo...

-Mirabelle... Selia... serás tan hermosa como Mirabelle....- Fueron las últimas palabras de aquel gran hombre. Lloró... y su cabeza fue cortada.

CONTINUARÁ...


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